Durante los últimos años, gran parte de nuestra vida social se trasladó a una pantalla. Conversamos por mensajes, conocemos personas a través de aplicaciones, vemos exposiciones en redes antes de visitarlas y hasta descubrimos restaurantes sin haber puesto un pie en ellos. Pero mientras la tecnología ocupa cada vez más espacios de la rutina, también crece el interés por hacer exactamente lo contrario: salir de internet para encontrarse con otras personas en la vida no virtual.
El fenómeno se puede ver en la recuperación de actividades que tienen algo en común: se necesita presencialidad. Clubs de lectura, talleres de cerámica, clases de cocina, bordado, fotografía, pintura, juegos de mesa, caminatas y cenas son parte de una oferta de experiencias que no busca necesariamente producir algo extraordinario, sino volver a compartir tiempo en un mismo lugar.
La tendencia también tiene relación con el cansancio digital. El problema no es únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino que muchas actividades cotidianas ocurren simultáneamente con ella. Comer mientras se revisa el teléfono, escuchar música mientras se responde un mensaje o mirar una película mientras se scrollea infinitamente por redes, se volvió habitual. Frente a eso, las experiencias offline ofrecen algo cada vez menos frecuente: una actividad que concentra toda nuestra atención en una sola cosa.
Y hay otro elemento importante: la búsqueda de una comunidad. Después de años en que las plataformas digitales prometieron conectarnos con más personas, hoy muchas experiencias presenciales funcionan precisamente porque crean grupos alrededor de intereses específicos. No hace falta conocer previamente a quienes participan. Basta con compartir el gusto por los libros, la cocina, el arte, el deporte o cualquier otro hobby para generar un punto de encuentro.
Por eso también han vuelto a tomar fuerza las actividades manuales y creativas. Cerámica, tejido, bordado, jardinería o cocina permiten recuperar una relación más física con lo que hacemos y, al mismo tiempo, aprender algo nuevo. El resultado no necesariamente tiene que ser perfecto. Parte del atractivo está en dedicarle tiempo a un proceso que no ocurre instantáneamente.


Pero hay una contradicción interesante: muchas de estas experiencias offline también son profundamente instagrameables. Una mesa de cerámica, un taller lleno de materiales, una cámara análoga, un club de lectura o una clase de cocina tienen una estética propia que funciona perfectamente en redes sociales. Así, desconectarse no necesariamente significa dejar de documentar. La experiencia puede comenzar como una forma de escapar de la pantalla y terminar convertida en una historia de Instagram.
En Chile, esta búsqueda ya tiene dónde materializarse. En Santiago existe una oferta cada vez más amplia de talleres y espacios dedicados a actividades creativas y presenciales, desde cerámica y artes visuales hasta ajedrez y otras disciplinas. Kitchen Club, Alma Gratta y Suecia100 son algunos ejemplos de espacios donde estas actividades se convierten en panoramas y no solo en hobbies para hacer en casa. La tendencia, entonces, no se queda en una idea importada de redes sociales: también empieza a tomar forma en la oferta local. En una época en que casi todo puede hacerse desde el teléfono, volver a encontrarse, aprender algo nuevo o simplemente compartir una actividad empieza a sentirse como una experiencia en sí misma.
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