Durante los últimos años, el maquillaje parecía tener una misión muy clara: perfeccionar la piel sin que pareciera demasiado maquillada. El contouring perdió intensidad, las bases se volvieron más livianas y el acabado natural pasó a ser uno de los grandes objetivos. Ahora, el foco se mueve hacia otra zona de la cara: las mejillas. El rubor vuelve a ocupar un lugar protagonista y deja de ser un complemento, para convertirse en uno de los pasos más importantes de la rutina de maquillaje.
La tendencia se está viendo en una variedad de tonos y acabados. Los rosados siguen siendo protagonistas, pero comparten espacio con corales, duraznos, rojos y tonos más intensos que buscan darle dimensión al rostro. También cambia la forma de aplicarlo. Ya no se trata únicamente de marcar la parte más alta de los pómulos: el producto puede extenderse hacia la sien, más cerca del centro de la cara o aplicarse sobre la nariz para conseguir ese efecto de rostro sonrojado. La idea es que el color sea visible y tenga presencia.
Esta vuelta también coincide con el boom de los productos en crema y fórmulas híbridas, que permiten conseguir un resultado más integrado con la piel. Los rubores líquidos, bálsamos y sticks se han convertido en protagonistas de las colecciones de maquillaje porque permiten construir el color de manera gradual y combinarlo con una piel más fresca. En lugar de cubrir completamente la cara, el maquillaje empieza a concentrarse en unos pocos puntos estratégicos.
Las marcas de alta gama también están apostando por convertir el rubor en una pieza protagonista. Dior tiene en su Rosy Glow una de las opciones más icónicas, con tonos que van desde rosados y corales hasta colores más profundos como cherry, berry y mahogany. Chanel propone distintas texturas, desde fórmulas en polvo hasta sticks cremosos, mientras que Westman Atelier tiene Baby Cheeks, un rubor en barra pensado para fundirse con la piel y conseguir un resultado fresco. Son buenas opciones para probar la tendencia sin necesidad de cambiar por completo el maquillaje.


Esta vuelta no significa que el contouring haya desaparecido, sino que dejó de ser el protagonista absoluto. El rostro ya no tiene que seguir una única fórmula y las tendencias de maquillaje se empiezan a combinar con una mayor libertad para elegir dónde poner la atención. En ese escenario, las mejillas vuelven a convertirse en el lugar donde experimentar con el color.
Quizás por eso el rubor resulta tan atractivo ahora. Es una de las formas más simples de transformar un maquillaje sin cambiar completamente la rutina: un tono rosado puede hacerlo más fresco, un coral darle una sensación más cálida y un rojo intenso convertirlo en algo mucho más dramático. Después de años buscando que el maquillaje pareciera invisible, las mejillas vuelven a pedir que se las mire.
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