Hay una foto de Amelia Gray en el desfile Fall/Winter 2026 de Gucci que parece haber llegado desde otro momento. El pelo oscuro, la mirada pesada, los ojos cubiertos de gris y negro hasta casi tocar las cejas. Pómulos marcados, labios definidos y suficiente maquillaje como para que nadie tenga que preguntar si lleva maquillaje. Después de varios años intentando lo contrario, la imagen se siente casi nueva.
El clean look nos acostumbró a una cara bastante específica. Piel luminosa, cejas peinadas hacia arriba, blush cremoso, labios nude y esa cantidad precisa de corrector necesaria para parecer descansado sin que se note que hubo corrector. La aspiración era verse impecable, pero de una manera supuestamente accidental. Como si el glow, las ocho horas de sueño y la estructura ósea hubieran ocurrido por cuenta propia. Por supuesto, detrás solía haber primer, skin tint, concealer, bronzer líquido, iluminador, gel de cejas y lip oil. La naturalidad también puede necesitar bastante producción.
Gucci Fall/Winter 2026 hizo otra cosa. Para este desfile, el maquillador Sam Visser recuperó los ojos ahumados, pestañas intensas, contour evidente y labios que iban desde el nude helado hasta el rojo brillante. Kate Moss cerró el show con una imagen que remitía directamente a la noche de los 2000; Amelia Gray apareció convertida en una especie de versión contemporánea de la party girl que no tenía interés en llegar digna a pilates a la mañana siguiente. Pero el maquillaje no era simplemente “más”. También estaba menos controlado.
Visser dejó pequeñas manchas, restos de sombra bajo los ojos, bordes que no terminaban perfectamente limpios y máscara ligeramente acumulada. No por descuido. Según explicó después, no estaba persiguiendo perfección, sino una idea. Si durante el proceso aparecía una pequeña imperfección que hacía que la cara se sintiera más viva, se quedaba. Es una frase que dice bastante sobre el momento actual.
Porque durante los últimos años hicimos exactamente lo contrario. Las redes sociales convirtieron el rostro en una superficie que podía corregirse infinitamente. Primero llegaron los filtros. Después FaceTune, los presets, las cámaras que suavizan la piel sin preguntar y una cantidad casi científica de tutoriales que decían dónde poner cada producto para levantar, afinar, iluminar o equilibrar.


El maquillaje dejó de ser solamente maquillaje y empezó a funcionar también como herramienta de optimización. Había una posición correcta para el blush. Una forma correcta de delinear el labio. Una altura adecuada para la ceja. El full glam que vuelve ahora parece menos interesado en conseguir esa cara universal.
Y eso explica por qué Gucci funciona tan bien como punto de partida. Nadie mira el smoky eye de Amelia Gray y piensa que nació así. Tampoco es la intención. El negro está ahí porque alguien decidió ponerlo, difuminarlo, llevarlo demasiado arriba y dejar un poco de sombra donde quizás antes se habría limpiado con un cotonito.
También hay nostalgia, aunque reducirlo a “volvieron los 2000” sería quedarse corto. Por supuesto que están las referencias: Kate Moss, ojos negros, labios frost, cejas más finas, noches largas y ese momento anterior a que todos supiéramos lo que significaba “glazed skin”. Pero lo que parece estar regresando no es una década completa. Es una actitud frente al maquillaje. La idea de que uno podía sentarse frente al espejo sin intentar parecer una versión más descansada de sí mismo, sino simplemente jugar.
Eso fue parte importante del beauty de los 2000 y también del de los 2010. Hubo una época en que comprar una paleta significaba realmente usar colores distintos. YouTube estaba lleno de cut creases, contour marcado, pestañas postizas y tutoriales que podían durar cuarenta minutos. Después llegó el péndulo hacia el otro lado: skin tints, balms, productos híbridos y una rutina cada vez más preocupada de que el resultado no pareciera demasiado trabajado. Ahora parece haber espacio para las dos cosas. Y la pasarela lo está confirmando. Londres recuperó smoky eyes grises y más difusos; París mostró liner gráfico, glitter y pestañas exageradas y Milán dejó que el color y la textura volvieran a ocupar la piel.
El maquillaje se está permitiendo nuevamente ser visible. No necesariamente perfecto. Y no porque lo imperfecto sea automáticamente mejor, sino porque demuestra algo bastante básico: alguien estuvo ahí. Y quizás esa sea una de las razones por las que el full glam vuelve con una cara ligeramente distinta a la que dejó. No se trata de recuperar el contour de 2016 exactamente como estaba, ni de volver a necesitar tres paletas para salir. Hay aprendizajes del clean look que probablemente se queden: piel más ligera, texturas más cómodas, menos obsesión por cubrir cada centímetro.
La diferencia es que ahora encima puede aparecer un ojo completamente negro. O glitter. O un labial que se vea desde la otra punta de la mesa. Y nadie tiene que justificarlo diciendo que además contiene péptidos. Gucci no inventó el regreso del full glam. Pero Amelia Gray, con los ojos cubiertos de gris y una cara que parecía haber vivido algo antes de llegar a la pasarela, consiguió darle una imagen bastante difícil de olvidar.
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