Existen pocos zapatos capaces de dividir opiniones como los Tabi de Maison Margiela. Frente a ellos, casi nunca hay un punto medio: o los amas o los detestas. Algunos los encuentran fascinantes, una pieza de diseño con historia y personalidad; otros simplemente no logran superar esa característica puntera dividida que inevitablemente recuerda a una pezuña. Y quizás ahí radica, precisamente, su poder.
Cuando Martin Margiela presentó los primeros Tabi en 1988, inspirados en el calzado tradicional japonés con la puntera dividida, probablemente no imaginó que, décadas después, seguirían provocando debates tan intensos. Lo que comenzó como una propuesta experimental terminó convirtiéndose en uno de los diseños más reconocibles de la moda contemporánea.
La mayoría de las tendencias buscan agradar. Los Tabi, en cambio, parecen haber nacido para incomodar. En una industria donde cada temporada aparecen productos diseñados para resultar universalmente atractivos, es refrescante encontrar un objeto que todavía genere rechazo. Porque si todo el mundo está de acuerdo en que algo es “bonito”, ¿realmente es interesante?
Durante años, las botas Tabi fueron el modelo insignia de Maison Margiela. Sin embargo, lo verdaderamente llamativo es cómo la firma ha conseguido transformar una idea aparentemente limitada en un universo completo de posibilidades. Hoy, la silueta original se reinterpreta en bailarinas, mocasines, botines, zapatos de tacón y versiones destalonadas que amplían sus códigos sin perder su rasgo más distintivo.
La evolución también se refleja en los materiales, colores y acabados. La casa ha experimentado con cuero, napa tratada artesanalmente, terciopelo, gamuza y texturas envejecidas. A esto se suman estampados florales craquelados, tonos metálicos y versiones en negro, verde, café, rosado o plateado. Lo interesante es que, pese a todas estas variaciones, el diseño sigue siendo inmediatamente reconocible.


Pero quizás la mayor victoria cultural de los Tabi ha sido su transformación de símbolo alternativo en objeto de deseo global. Hace algunos años, llevarlos era una declaración de rebeldía: un gesto reservado para quienes buscaban diferenciarse deliberadamente. Hoy, la historia es distinta. El fenómeno ha trascendido los límites de la moda de nicho para instalarse en los clósets de celebridades e influencers de todo el mundo.
Pocas figuras han contribuido tanto a esta transformación como Zendaya. La actriz se ha convertido en una de las grandes embajadoras de este modelo, explorando distintas versiones, desde diseños planos y mocasines hasta botines y cuñas Tabi. Su relación con estos zapatos demuestra que ya no son percibidos únicamente como una excentricidad incomprensible, sino también como una pieza capaz de convivir con prendas tan sencillas como unos jeans y una camiseta blanca.
Sin embargo, el éxito de los Tabi plantea una pregunta interesante: ¿siguen siendo disruptivos cuando todos quieren llevarlos? Parte de su atractivo reside precisamente en su desafío a las normas estéticas tradicionales. Cuando una propuesta tan radical se vuelve popular, inevitablemente pierde parte de su capacidad para sorprender. Lo que alguna vez fue una rareza termina convirtiéndose en un objeto reconocible, deseado y, en cierta medida, familiar.
Aun así, los Tabi conservan algo que escasea en la moda actual: personalidad. No buscan ser los zapatos más bonitos, los más elegantes ni los más fáciles de combinar. Son una conversación, un manifiesto, un pequeño acto de rebeldía en forma de calzado. Por eso continúan fascinando después de casi cuatro décadas. En una época en la que muchas tendencias parecen diseñadas para gustar a todo el mundo, los Tabi recuerdan que la moda más interesante suele ser aquella que genera discusión. Si un zapato todavía es capaz de provocar amor, rechazo y debate al mismo tiempo, probablemente siga haciendo algo bien.
Cortesía Maison Margiela

