Durante bastante tiempo, decir que una colección era “comercial” se parecía demasiado a un insulto. Era la forma educada de decir que faltaba riesgo, que el diseñador había escuchado demasiado al departamento de ventas o, peor, que había creado ropa pensando en la gente que eventualmente tendría que comprarla.
La pasarela tenía otras prioridades. Provocar, generar imágenes, fabricar el look destinado a circular durante los siguientes tres días por Instagram. Que aquello terminara o no dentro de un clóset parecía casi secundario. Pero Spring/Summer 2027 está planteando otra cosa.
Después de varias temporadas dominadas por grandes gestos visuales, algunas de las colecciones más comentadas del último mes tienen algo sencillo en común: dan ganas de usarlas. No porque sean discretas —definitivamente no lo son—, sino porque detrás del concepto vuelve a aparecer una prenda, una falda, un trench, una camisa y unos jeans. Algo que se puede desear más allá de la fotografía de la pasarela.
En Prada, Miuccia Prada y Raf Simons construyeron prácticamente una colección completa alrededor de una sola pieza: la falda. Fueron 63 interpretaciones, desde versiones satinadas y lápiz hasta otras intervenidas con pedrería, estampados y paneles removibles. La idea podría sonar demasiado cotidiana para una casa acostumbrada a intelectualizar hasta el gesto más pequeño. Precisamente por eso funcionó. Prada convirtió un básico en un objeto abierto a interpretación y, pocos días después del show, las búsquedas de faldas de la marca ya se habían disparado en plataformas de reventa.
Algo parecido ocurrió en Dries Van Noten. Julian Klausner combinó faldas transparentes con gráficas inspiradas en afiches de películas, pequeños trench coats, polos, camisas y flores que chocaban entre sí de la mejor manera posible. Había suficientes ideas para alimentar un moodboard durante meses, pero también una pregunta mucho más básica: ¿cuál de estas cosas quiero ponerme? Ese cambio parece menor, pero no lo es.
Glenn Martens reconoció que su colección SS27 para Maison Margiela era probablemente la más comercial que había hecho para la casa. Su materia prima fueron jeans, chaquetas de denim y trench coats, pero sometidos a trampantojos, pliegues y tratamientos que obligaban a mirar dos veces. De lejos, ropa conocida. Pero de cerca es Margiela.


Por supuesto, existe una razón bastante menos romántica detrás de todo esto. El mercado lleva años obligando a las grandes casas a preguntarse cómo recuperar el deseo en un consumidor que compra con más cautela, mientras los precios subieron y la industria atravesó una fuerte desaceleración. En ese contexto, producir una colección espectacular que acumule millones de vistas pero genere poca intención de compra empieza a parecer un ejercicio difícil de justificar.
Pero reducir SS27 a una respuesta económica sería quedarse con la mitad de la historia. Porque curiosamente, mientras las colecciones se vuelven más vendibles, no se están volviendo más aburridas. El reporte global de compradores de Vogue Business habla de maximalismo, color, encaje, transparencias, cinturones marcados, zapatos extraños y combinaciones deliberadamente imperfectas. Prada, Dries Van Noten, Celine, Chanel, Saint Laurent y The Row aparecen entre las apuestas de venta de compradores internacionales. La ropa puede ser extravagante y tener posibilidades reales de salir de la tienda. Ambas cosas, al parecer, sobrevivieron perfectamente bien juntas.
Quizás allí está el verdadero cambio. “Comercial” solía entenderse como aquello que había sido simplificado para gustarle a todo el mundo. SS27 propone casi lo contrario: prendas suficientemente reconocibles para entrar en la vida real, pero suficientemente particulares para justificar quererlas. No se trata de diseñar para el mínimo común denominador, sino de recordar una habilidad que la moda nunca debió perder: transformar algo familiar en algo que cinco minutos antes no sabíamos que necesitábamos.
Después de todo, una pasarela puede producir conversación, memes, clips virales y referencias culturales. Puede hacer prácticamente de todo. Pero la moda sigue teniendo una vieja costumbre… En algún momento, tiene que hacer que alguien quiera la ropa.
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