24 Agosto 2026

RADICAL 

Por Andrea Cova
24 Agosto 2026

RADICAL 

Por Andrea Cova

¿Qué significa sentir? ¿Qué significa ser humano? Son preguntas que han acompañado a la filosofía durante siglos y que, aún hoy, parecen no tener una respuesta definitiva. Hablan de identidad, de memoria, de emociones y de esa búsqueda constante por comprender aquello que no puede medirse ni explicarse completamente con palabras. Curiosamente, pocas veces se piensa que esas mismas preguntas también pueden formularse desde la moda. No desde aquella que nace con la intención de seguir lo efímero, sino desde la que encuentra su origen en una necesidad mucho más profunda: transformar una idea invisible en una presencia tangible. Porque hay pensamientos que no caben en un discurso, emociones que ningún idioma consigue traducir y conceptos que solo pueden existir cuando alguien decide convertirlos en una pieza. Precisamente desde esa premisa comenzó a construirse una parte fundamental de la moda japonesa contemporánea. Mucho antes de transformarse en un fenómeno internacional, en Japón el acto de vestir ya era entendido como una extensión del pensamiento, una disciplina donde la ropa no existía únicamente para vestir el cuerpo, sino también para cuestionarlo, ocultarlo, transformarlo o incluso desaparecerlo. Allí, el diseño nunca dependió exclusivamente de la silueta perfecta ni de la necesidad de resultar atractivo. Por el contrario, encontró valor en aquello que parecía incompleto, asimétrico o inacabado. En aceptar que la belleza podía existir en la imperfección, y que una prenda también podía convertirse en una forma de reflexión.

Durante décadas, mientras Europa consolidaba un sistema basado en la alta costura, la precisión del patronaje y la exaltación de la figura femenina, Japón desarrollaba una sensibilidad completamente distinta. Conceptos como wabi-sabi, que encuentra belleza en lo imperfecto y lo transitorio, o el vacío como elemento esencial dentro del arte y la arquitectura, comenzaron a filtrarse lentamente en el diseño textil. Aquella visión entendía que el espacio entre el cuerpo y el diseño era tan importante como la prenda misma; que el movimiento podía ser más expresivo que el ajuste y que el silencio visual también tenía algo que comunicar. Sin embargo, esa filosofía permanecía prácticamente desconocida para Occidente. París seguía siendo el gran centro creativo de la moda y las reglas parecían inamovibles. La elegancia estaba asociada a la simetría, al dominio absoluto de la sastrería, a las cinturas marcadas, a los hombros estructurados y a una imagen de perfección muy cuidada y difícilmente de alcanzar. El cuerpo femenino era el punto de partida de casi todas las colecciones y el éxito de una prenda dependía, en gran medida, de cuánto lograba realzar la figura de quien la llevaba. Todo cambió durante la década de los 80. Cuando Rei Kawakubo, Yohji YamamotoeIssey Miyake llegaron a París, no presentaron simplemente nuevas colecciones. Introdujeron una forma completamente distinta de entender la moda. Mientras muchas firmas competían por imponer la silueta más sofisticada o la confección más precisa, ellos parecían formular otra pregunta: ¿Y si el cuerpo no necesitara ser corregido? ¿Y si vestir pudiera ser un ejercicio de libertad en lugar de una búsqueda constante de perfección?

El contraste fue inmediato. Las pasarelas occidentales estaban dominadas por colores vibrantes, hombreras exageradas, brillo y una estética ligada al poder económico que caracterizó aquella década. Frente a ese escenario aparecieron prendas negras, cortes irregulares, tejidos desgastados, volúmenes inesperados y siluetas que parecían desafiar cualquier principio tradicional del patronaje. Para muchos críticos aquello resultó incomprensible. Algunos describieron las colecciones como “ropa rota”, otros aseguraron que parecían prendas inacabadas y hubo quienes incluso cuestionaron si aquello podía considerarse moda. Pero detrás de cada costura existía una intención mucho más compleja que la simple provocación.

Rei Kawakubo nunca diseñó pensando en crear ropa “bonita”. Desde la fundación de Comme des Garçons, su interés siempre estuvo en desafiar aquello que parecía incuestionable. Sus colecciones hablaban de ausencia, de vacío, de deformación y de la posibilidad de construir nuevas siluetas sin depender de la anatomía tradicional. En lugar de seguir las curvas del cuerpo, muchas de sus prendas generaban nuevas formas que alteraban por completo la percepción de quien las observaba. El vestido dejaba de ser un objeto decorativo para convertirse en una idea. Yohji Yamamoto compartía parte de esa visión, aunque desde una sensibilidad distinta. Su propuesta encontraba inspiración en la ropa de trabajo, la sastrería masculina y la cultura japonesa tradicional. Sus prendas envolvían el cuerpo en lugar de definirlo, creando movimiento a través del volumen y permitiendo que la personalidad de quien las vistiera prevaleciera por encima de la ropa misma. Para Yamamoto, la elegancia


Por su parte, Issey Miyake exploró un camino diferente, profundamente vinculado a la tecnología, la innovación textil y el movimiento. Su investigación sobre los materiales lo llevó a desarrollar nuevas formas de construir la prenda, entendiendo que el diseño no terminaba en el boceto, sino que comenzaba precisamente cuando el cuerpo entraba en contacto con la tela. Sus famosos plisados permanentes, desarrollados años después, serían una consecuencia natural de esa búsqueda constante por liberar al cuerpo sin limitar su movimiento.
Aunque sus lenguajes creativos eran distintos, los tres compartían una convicción fundamental: la moda no debía responder únicamente a parámetros estéticos.

También podía convertirse en una herramienta para cuestionar la sociedad, los ideales de belleza y la forma en que las personas construyen su identidad a través de aquello que visten. Esa fue, quizás, la verdadera revolución japonesa. No consistió únicamente en cambiar la apariencia de las prendas, sino en modificar la manera en que Occidente entendía el acto mismo de vestir. La influencia de aquel momento no puede medirse únicamente por las colecciones que desfilaron sobre las pasarelas parisinas, porque su verdadero impacto apareció años después, cuando diseñadores de distintas generaciones comenzaron a comprender que la moda también podía formular preguntas. Ya no era indispensable crear prendas que respondieran a un ideal de belleza universal; también era posible diseñar desde la duda, la contradicción e incluso la incomodidad. La ropa dejó de ser exclusivamente un objeto de deseo para convertirse en un vehículo capaz de transmitir una postura frente al mundo.

Cortesía marcas

Hasta entonces, gran parte de la moda occidental había entendido el cuerpo como una estructura que debía moldearse. Los corsés habían desaparecido, pero la idea de resaltar determinadas zonas del cuerpo seguía presente en el patronaje, las proporciones y la construcción de las prendas. La llegada de los diseñadores japoneses alteró esa lógica. Por primera vez, el cuerpo dejó de ser el protagonista absoluto para compartir ese espacio con el vacío, el movimiento y el volumen.

Rei Kawakubo fue probablemente quien llevó esa idea más lejos. Sus colecciones nunca buscaron resultar complacientes. En muchas ocasiones, eliminó cualquier referencia evidente a la figura humana para construir siluetas que parecían esculturas en movimiento. Aquellas formas desafiaban la idea tradicional de feminidad y rechazaban la obligación de que la ropa existiera únicamente para vestir. Su trabajo proponía algo distinto: aceptar que la moda también podía incomodar, cuestionar y provocar una conversación que, muchas veces, podría rozar lo filosófico.

Yamamoto, en cambio, encontró esa misma libertad desde otra perspectiva. Sus prendas amplias, dominadas por el negro y construidas mediante una sastrería extraordinariamente precisa, transformaron el volumen en una forma de elegancia. En lugar de utilizar el diseño para revelar el cuerpo, eligió envolverlo, protegerlo y permitir que cada persona encontrara su propia manera de habitar la prenda. Aquella decisión rompía con una industria obsesionada por definir cómo debía lucir una silueta perfecta.

Issey Miyake, mientras tanto, demostró que la innovación podía surgir tanto del pensamiento como de la tecnología. Su investigación permanente sobre fibras, procesos textiles y técnicas de confección abrió un camino completamente nuevo dentro de la industria. Para él, el diseño no terminaba cuando una prenda abandonaba el taller; comenzaba realmente cuando entraba en contacto con quien la vestía. Sus experimentos con el plisado permanente, el desarrollo de materiales ligeros y la búsqueda constante de funcionalidad redefinieron la relación entre moda, movimiento e innovación.

Aunque sus propuestas eran profundamente diferentes, Kawakubo, Yamamoto y Miyake compartían una misma convicción: la creatividad no debía responder a las expectativas de la industria. Sus colecciones nunca nacieron para agradar ni para seguir una tendencia. Por el contrario, fueron concebidas como ejercicios de investigación, donde cada costura, cada vacío y cada proporción respondían a una profunda reflexión: ¿Qué significa vestir un cuerpo? ¿Por qué la belleza debe responder a una única forma? Algunas ideas no nacen para ser explicadas… 

Cortesía marcas

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