Ópera. Eso son las películas de Paul Thomas Anderson. En el enorme arco de sus historias, su ambiciosa estructura dramática, su música envolvente y, sobre todo, el épico movimiento de su cámara, filmes como “Magnolia”, “There Will be Blood”, “Boogie Nights”, o su más reciente “Una batalla detrás de la otra”, Anderson crea algo que se arranca del cine o, más bien, es cine en su forma más sublime, imágenes que en toda su grandeza revelan los aspectos más íntimos de la humanidad. En su crítica de “Boogie Nights”, la película que lo lanzó al estrellato como director en 1997, The New York Times lo comparó con su obvio antecesor, Robert Altman, en la forma en que entrelaza historias aparentemente desconectadas y crea un mapa de humanidad diversa y variada. El contexto es casi secundario. En “Boogie Nights” fue la industria del cine porno. En “Magnolia”, la inmensa ciudad de Los Ángeles. En “Una batalla detrás de la otra”, el conflicto migratorio y la lucha contra el fascismo. Y aun así, cuando estos asuntos presentan una sombra gigantesca sobre los personajes, son ellos, los personajes, los que literalmente se roban la película. Anderson ha dicho, por ejemplo, que “En una batalla detrás de la otra”, un filme extraordinariamente relevante en el Estados Unidos del 2026, dejó deliberadamente fuera los mensajes políticos, concentrándose, en cambio, en el drama humano de la situación. Aquí hay batallas, una detrás de la otra, como dice su título, hay violencia, hay drama y hasta un poco de comedia, pero no hay eslóganes ni demagogia.
En “Boogie Nights” pasa algo parecido. Anderson escribió el guion inspirado en una historia de su niñez en el Valle de San Fernando, entre las montañas de San Gabriel y Santa Mónica, donde una casa de su vecindario tenía a menudo las ventanas cubiertas. Cuando preguntó por qué, alguien le explicó que en esa casa se hacía cine para adultos, cine porno, y eso gatilló su curiosidad. “Creo firmemente en esa teoría de que uno debe escribir sobre lo que conoce”, dice el director. En la película, Mark Wahlberg interpreta a un aspirante a estrella porno que se involucra en una industria que, a pesar de su tema, tiene todos los ingredientes de una familia, con Julianne Moore como una cálida madre (y reconocida actriz en su tipo) y Burt Reynolds como patriarca y productor.
El director asegura que la parte que más disfruta de su trabajo es la escritura del guion. Es ahí, señala, donde se crea una buena película, pero eso no asegura el éxito. El otro elemento indispensable es el talento de sus actores y, no hay duda, ha sabido elegirlos. Tom Cruise, Philip Seymour Hoffman, Daniel Day-Lewis, Leonardo DiCaprio, Joaquin Phoenix y Julianne Moore son estrellas recurrentes en su repertorio, y Anderson se refiere a ellos como magos prodigiosos que pueden crear hechizos frente a la cámara. En “Licorice Pizza”, una historia ambientada en el valle en los 90, los dos protagonistas, los jóvenes y semidesconocidos Cooper Hoffman (hijo del desaparecido Phillip Seymour Hoffman) y Alana Haim, debían recitar un largo parlamento que, a pesar de haber sido escrito por el propio director, parecía no tener lugar en la historia. Anderson en un momento decidió hacer lo que hace a menudo, confiar en sus actores, y estos simplemente ejecutaron la escena en silencio, sin más palabras que las que podían expresar con sus ojos.


Otra característica de los filmes del director es su duración. Son largos. A veces larguísimos, como una epopeya que necesita tiempo y espacio para contar su historia. “Recuerdo haber pensado en hacer un corto cuando comencé a dirigir, pero hacer filmes cortos es lo más difícil que pueda existir. Miren mi caso. No puedo hacer una película que dure menos de dos horas y 40 minutos, aunque mi vida dependa de ello. Recuerdo haber leído sobre Stanley Kubrick obsesionado con los comerciales que hizo Ridley Scott, con esa economía de narración. En la actualidad, a través del teléfono, es posible ver las cosas más inventivas en 10 o 15 segundos. Yo necesito al menos 30 minutos para empezar a contar la historia”.
El Valle de San Fernando tiene gran importancia para Anderson en términos prácticos y emocionales. Objeto frecuente de bromas y sornas entre los habitantes de Los Ángeles, este sector es la definición perfecta de un suburbio californiano, el tipo de sitio que los jóvenes creativos desean abandonar lo antes posible. Pero no Anderson, que creció ahí junto a sus padres y tres hermanos. “Lo amo. Es así de simple: empieza y termina ahí”, dice sobre el sitio donde sigue viviendo junto a su mujer, la actriz Maya Rudolph, y sus cuatro hijos. “Recuerdo haber sido chico, probablemente adolescente, y haber pensado en cierto momento que tenía que salir de ahí, y eso significaba, simplemente, cruzar la colina y ya no estar en el valle. Quizás pensaba en Los Ángeles. O Nueva York, o Londres, o Shanghái. Cualquier lugar menos donde me encontraba. Pero soy una de esas personas que aman estar lejos por 24 horas y luego empiezan a sentir una picazón y a extrañar su hogar. Todo lo que quiero es regresar a casa. Me encanta mi hogar. Estoy cómodo ahí. Mi familia está ahí, mis amigos también. Es el lugar al que siempre regreso. Después de Londres, donde filmé “Phantom Thread”- y era uno de mis sueños filmar en esa ciudad-, estaba tan feliz de regresar a mi casa, simplemente dichoso. El valle no es el lugar más lindo del mundo, lo entiendo, pero es mi hogar”.
Con “Una batalla detrás de la otra”, Anderson, que toma su tiempo entre película y película, vuelve a elevarse como uno de los directores más premiados de su generación. Hasta el cierre de esta edición el filme había ganado una larga lista de estatuillas, incluyendo el Bafta, Golden Globe, Directors Guild, Producers Guild, Critics Choice y Gotham Awards. En su crítica, The New York Times aseguró que la película mostraba al director en “el top de sus poderes”, y que se trataba de “un épico carnavalesco sobre el bien y el mal, la violencia y el poder, los derechos inalienables y la lucha contra la injusticia. Es también una historia de amor”. En resumen, un rompecabezas que solo Anderson es capaz de descifrar.
“Hay pocos directores trabajando hoy tan hábiles como Anderson”- escribió Manohla Dargis en ese periódico-. “Y aún menos que puedan- con la imagen de una revolucionaria negra embarazada disparando una metralleta- crear un grito del corazón que es, a la vez, una imagen cristalina de resistencia. Es un filme que perdurará, salvaje y apasionante, y tan americano como el rojo, blanco y azul”.

