Un sombrero negro que se confunde con el fondo, los ojos azules del protagonista con la mirada fija a la cámara/espectador. Las pestañas postizas que extrañamente eran usadas por masculinidades en 1971, la camisa blanca, vieja, usada, gruesa, los suspensores blancos y esa extraña leche llena de drogas que los preparaba para la ultraviolencia, solo contrastan con el fondo y los botines Bovver que usa Alex DeLarge, interpretado por Malcolm McDowell, mientras está rodeado de maniquíes blancos en posturas diversas, con llamativas pelucas de colores. Detrás, un fondo negro perpetúa ese minimalismo setentero, que -en cierto punto- contradecía el espíritu hippy-psicodélico de la época. Solo un par de palabras en blanco junto a las pelucas nos recuerdan, a través del movimiento y las curvas en la tipografía, la época en la que fue filmada esta película. Una escena absolutamente hermosa.
En menos de dos minutos, Stanley Kubrick sintetiza sus intenciones. Esta no es una película de amor, es una declaración, un cuestionamiento profundo a la sociedad, un guiño hacia la perversión que queda totalmente plasmado en la mirada del protagonista.
El estilo futurista se hace innegable en los detalles, como el auto que conducen, la disposición de los elementos en ciertas escenas o la misma pieza de Alex. La primera casa asaltada por él y sus “droogs” también nos muestra esta intención que podría ser sacada de una pintura de Marinetti o Boccioni, con sillones capsulares en medio de una sala blanca; las ampolletas de gran formato y el eterno diseño de la Bauhaus que vemos repetido en varias escenas de la película. Sin embargo, la escenografía está llena de contrastes entre estilos diversos y no podríamos afirmar que la ciencia ficción se apodera de la película. Las obras de arte, los colores, así como la estética de las mujeres con melenas de peluquería, nos recuerdan el imaginario de los 60, donde lo hippie y bohemio estaban en curso, mientras se vislumbran las intencionalidades del disco y la psicodelia.
Y en medio de estas escenas vemos la decadencia del mundo que en la Inglaterra de esa época llevó a la censura de la película. No solo por la violencia explícita en la obra, de una juventud que se encontraba con la subversión; sino también en elementos curiosos para una estética tan cuidada, como el lobby de la casa de Alex, que está lleno de basura y desperdicios, como si la decadencia estuviera invadiendo la ciudad. O con la persona en situación de calle a la que Alex violenta en una de las primeras escenas, mientras las clases adineradas se encuentran en mansiones relucientes de calma. Así como nuestro protagonista, cuyos gustos refinados están en su habitación: una serpiente, música clásica, obras de arte, esculturas figurativas de Jesús sacrificado, pero en una posición de lucha o valentía, y una serie de discos apilados para ser escuchados en un gran equipo de sonido, mientras guarda bajo su cama los relojes y cámaras de fotografías robados.
Los contrastes entre la ostentación y la pobreza se dejan ver en diversas escenas, tanto por el espacio de los ambientes, como el comedor de sus padres que roza lo psicodélico y kitsch, en un espacio estrecho. Un contraste radical se produce con la casa de su última víctima, la señora Weathers, donde gobierna el arte erótico tanto en las pinturas como en las esculturas que acompañan la decoración muy propia de los 60-70, con papel tapiz estampado y lámparas plásticas que rompen la estructura de los muebles antiguos de madera.
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Más allá de la escenografía está el vestuario
¿En qué línea temporal podríamos prescindir del vestuario de los “droogs”? ¿Sería acaso posible? La simple complejidad del protagonista es icónica: ropa que usualmente se podría ver en el mundo obrero, con elementos de clase alta sacados de contexto, como el braguero de críquet que se encuentra expuesto sobre los genitales; una máscara fálica que genera irreverencia inmediata hacia la alta cultura, pero simple: dos colores, blanco y negro. Un bombín, un bastón… Todo lo que contrasta en negro, en estos diseños de la cuatro veces ganadora del Óscar, Milena Canonero.
Desde David Bowie hasta Madonna se inspiraron en este provocador de “La Naranja Mecánica”. Tan solo un año después del estreno, Bowie adoptó el estilo a través de su personaje Ziggy Stardust (alter ego del cantante, alienígena andrógina y bisexual), usando elementos distópicos y uniformes futuristas junto a su banda. La violencia quedó relegada en este imaginario y la estética duotono se cambió por materiales coloridos, brillantes y acolchados, potenciando los aspectos sexuales del artista. Y sí, mantuvo intactas las largas pestañas de Alex, pero esta vez en ambos ojos.
Sin embargo, la lista no solo comienza con Bowie, la verdad es que este estilo irreverente ha sido replicado por Guns N’Roses, Blur, Usher, Kylie Minogue e, incluso, Bart Simpson cita frecuentemente al protagonista de esta película de culto. Cabe destacar que la impecable actuación de Heath Ledger en el Joker también se inspiró en estos personajes, marcando una pauta en los villanos psicopáticos de las películas.
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