El reciente lanzamiento de Alix Earle —que destacó por su potente estrategia de marketing, pero también generó controversia por el tipo de producto y su vínculo con él— abre una pregunta que hoy resulta inevitable: ¿qué tan válido es que una figura pública lance un producto esperando una recepción masiva solo por su nivel de fama? ¿Cuánta credibilidad sostienen realmente estas figuras? ¿Es este el camino que deberían seguir todos los influencers?
En los últimos años, se ha vuelto cada vez más común que creadores de contenido desarrollen marcas propias, muchas veces en rubros que no necesariamente se relacionan con su identidad o con el contenido que los posicionó. Su modelo de negocio, en el fondo, es su propia imagen, y no siempre existe una coherencia entre esa imagen y el producto que buscan vender. En el caso de Earle, esta desconexión fue evidente. Pese a ser una influencer global y haber reforzado su visibilidad tras su participación en Dancing with the Stars, su incursión en el mundo del skincare generó ruido, pero no precisamente por razones positivas.
Hay un punto que sí juega a favor de estas figuras: su experiencia en redes sociales les permite construir estrategias de marketing altamente efectivas, con una ejecución visual y narrativa difícil de replicar por marcas tradicionales. Sin embargo, ese mismo despliegue muchas veces termina eclipsando lo esencial: el producto. Y ahí es donde surge la duda de fondo: ¿por qué consumir algo que no parece tener una relación real con quien lo promociona? Es un fenómeno cada vez más frecuente, pero del que no todos logran salir bien parados.
Cortesía marcas


Ahora bien, no todos los casos siguen ese patrón. También existen ejemplos donde la transición de influencer a empresaria no solo funciona, sino que se consolida con fuerza. Las hermanas Kim Kardashian y Kylie Jenner son probablemente el ejemplo más claro. Al vincular sus marcas directamente con su estilo de vida, estética e identidad, han logrado construir proyectos sólidos como Skims y Kylie Cosmetics, dotándolos de coherencia y sentido.
Otro caso interesante es el de Hailey Bieber. Si bien su marca Rhode enfrentó cuestionamientos en sus inicios, logró posicionarse gracias a una propuesta clara, centrada en la calidad del producto y en detalles diferenciadores —como sus carcasas de teléfono diseñadas para llevar gloss— que reforzaron su identidad dentro de un mercado altamente competitivo.
La diferencia, entonces, no está únicamente en la fama ni en la cantidad de seguidores. Está en la coherencia. En la capacidad de construir un relato que tenga sentido más allá del marketing. En entender que el consumidor actual no solo compra un nombre, sino también una propuesta.
Por eso, la pregunta sigue abierta: ¿están realmente preparados los influencers para lanzar marcas propias esperando éxito inmediato? La respuesta no es categórica, pero sí orientadora: depende. Depende de la consistencia, del propósito y de cuánto sustento hay detrás del producto. Porque cuando la influencia se alinea con una propuesta auténtica, el resultado no solo vende, sino que también conecta
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