En la búsqueda por retratar a David Hockney debiésemos comenzar por expresar que, además de un artista influyente, se trata de una figura clave del pop art de los años 60 y 70. Pintor, fotógrafo y escenógrafo, el británico es considerado uno de los artistas más influyentes de los siglos XX y XXI. Su destino estaba escrito, pero Hockney, dotado de una sensibilidad visual que al día de hoy atraviesa infinidad de disciplinas, decidió abandonarlo todo para radicarse en California. El artista nació en una Inglaterra gris y en extremo conservadora, pero él, al romper las reglas es cuando descubre algo que cambia su obra para siempre. La luz, el sol, el color y la libertad creativa que tanto anhelaba. En ese camino, mientras otros artistas seguían mirando hacia adentro, él comenzó a mirar hacia afuera, y es ahí, en la costa oeste de Estados Unidos, donde nace su fascinación por pintar escenas que antes no había visualizado ni explorado, como las fachadas modernas, los personajes atípicos o las piscinas, “porque el agua no se puede atrapar, porque cambia constantemente, porque obliga al ojo a moverse a través de líneas simples y colores planos”, ha dicho sobre sus propias obsesiones.
Su lenguaje pictórico único convierte un instante mínimo en una escena icónica. El gesto puede ser simple, pero la mirada lo transforma todo. Es evidente que su obra no busca nostalgia, porque no mira al pasado, sino que busca atención. Influenciado por Matisse y el modernismo europeo, Hockney adopta colores saturados, planos, casi artificiales. Pero no hay ironía pop en su tratamiento, hay placer visual. El color no dramatiza ni exagera, sino que libera y se convierte en una superficie donde el ojo descansa y al mismo tiempo despierta. Es esa paleta la que ha permeado profundamente la moda contemporánea. Su influencia se identifica en el color blocking, en las siluetas limpias sobre fondos planos y en la recuperación del modernismo californiano que ha sido una constante en colecciones que dialogan con el universo de su amplio imaginario. Christopher Bailey, para Burberry, en 2014 dio vida a una colección spring summer con el británico como referencia, la cual estaba compuesta por prendas con colores vibrantes, ligereza y optimismo cromático. También JW Anderson en Loewe mostró en múltiples colecciones una conexión directa con el arte contemporáneo y con el arte británico moderno como parte de su ecosistema visual. Acne Studios es otra firma que tiene claves de la lógica ‘hockneyana’, con su minimalismo empastado en irrupciones de intenso color, el diálogo con la arquitectura modernista de sus prendas y la sensibilidad nórdica reinterpretando la luz. Hay una gráfica clara y cromatismo vibrante en varias casas de moda que encuentran eco en la mezcla de sofisticación intelectual y el desenfado cromático que Hockney ha encarnado durante décadas.
Cortesía artista


Posiblemente su influencia más radical se encuentra en la representación del cuerpo masculino y el deseo del mismo. Hace más de 70 años, cuando la homosexualidad era un tabú, Hockney pintó sin tapujos el cuerpo masculino, y lo hizo a su manera, no bajo estereotipos, sino vulnerables, simples y con afecto. No retrató al héroe ni al atleta, sino a alguien que existe en la luz doméstica de una habitación o al borde de una piscina. La libertad de esa California le permitió expresarse de manera natural y, sin proponérselo, Hockney contribuyó a normalizar la mirada homosexual en el arte contemporáneo, instalando el cuerpo masculino en el centro de la contemplación estética y afectiva. Esa sensibilidad ha influido en decenas de generaciones de fotógrafos y artistas. La masculinidad ya no necesita afirmarse en la rigidez o la dureza; puede ser suave, introspectiva e incluso vulnerable. La ropa, como la pintura, puede expresar deseo sin agresividad.
En los 80, el artista comenzó a producir collages fotográficos que llamó “Joiners”. Se trató de una producción accidental. Creía poco originales y distorsionados los retratos de la época, así, mientras pintaba un cuadro en su casa tomó fotos de la habitación con una Polaroid y luego pegó las piezas. Se dio cuenta de que había creado una imagen narrativa y dejó de pintar por un tiempo para dedicarse a su nueva creación. El resultado no es una ruptura, sino una sensación de simultaneidad, el tiempo y el espacio coexistiendo en una misma superficie. Hoy, en plena era digital, esta lógica resulta sorprendente por su vigencia. La multiplicidad de encuadres, las narrativas fraccionadas, la convivencia de distintos momentos en una sola imagen forman parte del lenguaje visual contemporáneo.
A sus casi 90 años, David Hockney ha experimentado incluso con el arte digital, porque en los últimos años las herramientas tecnológicas le han permitido explorar nuevos caminos creativos. Dibujos en iPads o en otros gadgets le permiten demostrar que el arte no envejece cuando cambia de herramienta, envejece cuando deja de mirar con curiosidad. Un artista que nos enseña que la modernidad también puede ser profunda, que lo cotidiano también podía convertirse en expresión artística, que se pueden dejar los pinceles y usar pantallas y tecnologías para seguir preguntándonos cómo vemos el mundo. “(…) El mundo es muy hermoso si lo miras, pero la mayoría de la gente no lo mira demasiado. Examinan el terreno que tienen adelante para poder caminar, pero no suelen mirar las cosas con tanta intensidad. Yo sí lo hago”, comentó.
Cortesía artista

