En pleno Brera, uno de los barrios más reconocidos de Milán, existe un lugar que permite entender a Giorgio Armani más allá de sus colecciones. Es su departamento de Via Borgonuovo, instalado en un palazzo del siglo XVII que el diseñador encontró en 1982 y que convirtió en su refugio personal. Un espacio íntimo, pensado para vivir y recibir a sus amigos más cercanos, que con los años terminó convirtiéndose en una extensión de su propia visión creativa.
Para transformar el interior, Armani trabajó junto al arquitecto estadounidense Peter Marino. La intención era respetar la historia del edificio, pero llevarlo hacia una estética completamente personal. El resultado se alejó de los interiores italianos maximalistas de finales de los años 80 y apostó por una elegancia mucho más contenida, donde la textura tiene tanto protagonismo como el mobiliario.
Maderas como arce y sicomoro cubren algunas paredes, mientras que puertas de ébano, cuero, seda, lino y otros materiales naturales construyen una paleta dominada por tonos neutros, negros, grises y beige. La casa no depende de una gran cantidad de color ni de una decoración excesiva. Al contrario: las superficies, las proporciones y la luz son las que construyen su carácter.


Una de las principales referencias detrás del proyecto fue Jean-Michel Frank, diseñador francés de comienzos del siglo XX conocido por sus interiores austeros y sofisticados. Armani admiraba especialmente esa capacidad de crear ambientes a partir de pocos elementos, donde cada objeto tiene un lugar preciso. De hecho, una de las piezas más significativas de la residencia era un escritorio diseñado por Frank, ubicado en el tercer piso, la zona más íntima y luminosa de la casa. Allí Armani trabajaba rodeado de objetos que había reunido en sus viajes, desde piezas asiáticas hasta esculturas y antigüedades.
La influencia de Frank también explica una de las características más particulares del departamento: la ausencia de decoración como elemento protagonista. En vez de llenar las paredes y piezas, Armani prefirió dejar espacio. El interior funciona a partir de silencios visuales, muebles de líneas simples y materiales que se perciben.
Y aquí aparece una de las contradicciones más interesantes de la casa. A pesar de haber sido diseñada bajo una idea de perfección y orden, el propio Armani reconocía que el resultado podía sentirse demasiado perfecto. En una entrevista con House & Garden, hablaba de su deseo de sumar más objetos personales, fotografías e incluso pequeños errores que hicieran que el espacio se sintiera más humano.
Con el tiempo, eso fue justamente lo que pasó. A la casa se sumaron recuerdos de sus viajes, obras de arte y objetos personales, sin perder la estructura sobria que había definido desde el principio. Entre las piezas presentes había obras de Andy Warhol, Francesco Clemente y Antonio Lopez, además de esculturas y objetos que revelan una faceta mucho más personal del diseñador.
El departamento también fue el punto de partida de algo mucho más grande. Por primera vez, la residencia de Via Borgonuovo fue utilizada como escenario de una campaña de Giorgio Armani: la de primavera/verano 2026, protagonizada por Vittoria Ceretti y Clément Chabernaud y fotografiada por Oliver Hadlee Pearch. La elección no fue casual. La casa donde Armani vivió y trabajó durante décadas se convirtió en el escenario de su última colección, conectando su vida privada con el lenguaje visual de la marca.
Hoy, mirar ese departamento es también mirar la historia de Armani desde otro lugar. No solo están allí sus muebles, sus objetos y sus referencias, sino una manera de entender la elegancia que trasladó de la ropa a la arquitectura: menos énfasis en lo evidente y más atención a la proporción, los materiales, la luz y los detalles.
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