A pocos pasos de las calles de la kasbah de Tánger, un jardín de palmeras esconde Villa Mabrouka, la antigua casa de Yves Saint Laurent y Pierre Bergé. Frente al estrecho de Gibraltar, la villa blanca conserva algo que resulta especialmente atractivo al conocer su historia: la posibilidad de asomarse a la intimidad de alguien cuyo trabajo estuvo siempre a la vista. Desde 2023 funciona como un hotel de doce habitaciones, restaurado por el diseñador británico Jasper Conran.
Antes de las reservas y los huéspedes, hubo un encargo de decoración bastante revelador. Saint Laurent y Bergé le pidieron a Jacques Grange que imaginara la casa de un inglés excéntrico de los años cincuenta instalado en Tánger. Saint Laurent quería chintz, esas telas de estampados florales, y un color distinto para cada habitación. Una azul y otra amarilla. La precisión del pedido dice tanto de él como las fotografías de la villa: incluso lejos del atelier, seguía pensando en telas y colores.
Mabrouka estaba hecha para recibir amigos, escuchar música y descansar. Sus interiores fueron cambiando con los años, al ritmo de quienes la habitaron. En 2017, Bergé volvió a llamar a Grange. Los estampados dieron paso al mimbre, los revestimientos de paja y los tonos tierra con acentos verdes. En las fotografías de esa etapa, los sillones se agrupan alrededor de mesas pequeñas y las ventanas enmarcan el jardín. Es fácil detenerse en esos detalles: permiten imaginar cómo se usaba la casa, dónde se conversaba, qué se veía desde un asiento.
Cuando Conran compró la propiedad en 2019, esa vida doméstica era parte de lo que debía cuidar. Ya había abierto L’Hôtel Marrakech y conocía el trabajo de recibir viajeros. Aquí, además, tenía que decidir qué conservar de una residencia marcada por el gusto de Saint Laurent, Bergé y Grange, y dónde introducir el suyo. Dedicó cuatro años a la transformación. La apertura del hotel hizo posible habitar por unos días una casa que durante décadas había pertenecido al mundo privado de la pareja.


Conran incorporó lámparas de Murano, bordados antiguos de Fez y baldosas marroquíes. Su intervención se suma a las anteriores sin borrar del todo sus huellas. Ese encuentro entre distintos gustos le da espesor a los interiores: los objetos vienen de lugares y épocas diferentes, reunidos en habitaciones abiertas a la luz de Tánger. Afuera siguen el jardín y el mar, presentes incluso cuando se está dentro.
El jardín fue diseñado por Madison Cox bajo la dirección de Saint Laurent y Bergé. Sus terrazas aprovechan las vistas al estrecho y los caminos se internan entre palmeras y zonas de sombra. Para la apertura se incorporaron miles de árboles, arbustos y plantas. Cuidar Mabrouka también significaba ocuparse de aquello que crecía alrededor de la casa, de las vistas desde sus ventanas y de los espacios donde pasar las horas de más calor. Hoy, los jardines y las dos piscinas están reservados a los huéspedes.
Hay tres restaurantes, pabellones para comidas privadas y una azotea donde tomar un café o un cóctel. Son las incorporaciones de un hotel que conserva una escala doméstica: apenas doce habitaciones para compartir esta dirección frente al mar. Esa intimidad permite que Mabrouka conserve su esencia de refugio, un lugar donde instalarse unos días y dejar que las horas pasen entre el jardín y la terraza, sin mucho que resolver.
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