En uno de los primeros episodios de su inmensamente popular podcast “Fashion Neurosis”, la diseñadora británica Bella Freud le pregunta a Kate Moss: “¿Como estás vestida hoy y por qué elegiste estas prendas?”. La pregunta es siempre la misma, ocupa siempre el primer lugar en el interrogatorio, y hecha con la voz susurrante, íntima y cómplice de Freud se ha hecho rápidamente tan familiar como una taza de té a las cinco de la tarde, pero las respuestas de cada invitado abren una ventana a la profunda individualidad de cada uno. En el caso de Kate -que, dicho sea de paso, detesta las entrevistas- se vistió ese día pensando en su entrevistadora: un traje de Vivienne Westwood (una diseñadora que tuvo gran influencia en la carrera y el estilo de Bella) que jugaba con lo masculino y femenino y que tenía, según Moss, “un poco de ‘Belle de Jour’”, la famosa película de Buñuel protagonizada por Catherine Deneuve y con vestuario de Yves Saint Laurent.
Que las conversaciones de “Fashion Neurosis” se realicen con Bella sentada en un cómodo bergere y sus entrevistados acostados en un diván, como si estuvieran visitando un terapeuta, hace que todo adquiera un tono aún más privado, aunque, como ocurre en realidad, millones estén escuchando.
Para Bella, “neurosis” es un término familiar. Literalmente. Bisnieta de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, e hija del artista Lucian Freud, un pintor que se hizo famoso por sus retratos cargados de carácter y sensibilidad, la diseñadora lleva la terapia en la sangre. Aun así, a pesar de haber crecido a la sombra de dos colosos, ha conseguido crear su propio camino, y gracias a sus diseños y su podcast, establecer su propio legado. Ahora el apellido Freud está tan asociado a ella como a sus ilustres descendientes.
Bella no creció junto a su padre y su contacto con él fue ocasional, pero de enorme influencia. Aparte de talentoso, el pintor fue un incorregible seductor que tuvo al menos una docena de hijos con diferentes mujeres y que mostró siempre más interés en su trabajo que en una vida familiar convencional. La diseñadora recuerda que no debe haber tenido más de 12 años cuando Lucian la llevó a un restaurante de moda y le ofreció un drink y un cigarrillo. “Me hizo sentir vista y escuchada; respetada”, dice. Tiempo después posó para él en su estudio en numerosas ocasiones. “Adoraba a mi padre”, y agrega que “lo admiraba como hombre y artista”.
Con su madre, Bernardine Coverley, a la que la diseñadora describe con cierto desdén como “una hippie”, las cosas fueron distintas. Bella no se llevó nunca bien con ella ni con ninguno de sus numerosos novios. En una memorable ocasión, Bernardine viajó con Bella y su hermana Esther a vivir a Marruecos, y en un episodio que mezcló pasión y barbitúricos, se fue de viaje sin darse cuenta de que había dejado a la niña en Marrakech. Bella fue recogida por las autoridades y luego puesto a la custodia de una familia de desconocidos. Fue ahí donde Bernardine la encontró semanas después. Esther lo escribió años más tarde en su libro “Hideous Kinky”, que fue llevado al cine con Kate Winslet como protagonista.
Una mezcla de distancia, admiración y necesidad de comprender el pasado aparece repetidamente en la vida de Bella. La muerte de sus padres se produjo en circunstancias especialmente dolorosas: Lucian murió en 2011 y Bernardine falleció pocos días después. Bella ha hablado de esos momentos como una experiencia de confrontación con su propia historia familiar. En lugar de tratar el pasado como algo cerrado, lo convirtió en una fuente permanente de reflexión.
Su entrada en la moda ocurrió en Londres de los años 80, en plena efervescencia de la cultura punk y alternativa. De adolescente estuvo vinculada a Seditionaries, la legendaria tienda asociada a Vivienne Westwood, y posteriormente trabajó directamente con Westwood. Aquella experiencia fue decisiva: Bella descubrió que la ropa podía tener una actitud, provocar una reacción y transformar la manera en que una persona se percibe a sí misma.
En 1990 creó su propia marca, Bella Freud, y desde entonces desarrolló una estética reconocible por su combinación de sofisticación británica, referencias culturales y frases ingeniosas. Uno de sus mayores éxitos fueron sus jerséis con palabras o números, concebidos casi como pequeños manifiestos personales. El famoso jersey “1970”, por ejemplo, nació de una imagen que encontró casualmente mientras utilizaba una fotocopiadora y que le recordó el Nueva York del punk y la figura de Patti Smith. Otro diseño célebre, “Ginsberg Is God”, surgió de su interés por la literatura y los poetas beatniks. Hablando de su propio estilo, Bella ha dicho que prefiere estar cubierta, protegida, a menudo en trajes de corte masculino y en ocasiones con corbatas. La excepción a esta regla son sus piernas. Le encantan las faldas y shorts cortos, cortísimos, combinados con Mary Janes o botines. Aunque su padre se hizo célebre por sus pinturas de desnudos, ella prefiere cubrirse aun en la intimidad. Un slip o un enagua vintage le parecen mucho más seductores que la piel al descubierto.
Su ropa ha atraído a figuras como Kate Moss, Little Simz, Juliette Lewis, Zadie Smith, Sienna Miller, Olivia Wilde y Rebecca Hall. Pero su actividad creativa nunca se limitó a diseñar moda. Ha trabajado en interiorismo, perfumes, cine y edición, colaborando, entre otros, con John Malkovich, Anita Pallenberg y Nick Cave. Esta amplitud explica por qué resulta difícil definirla únicamente como diseñadora de moda: su verdadero interés parece estar en la construcción de mundos y en la relación entre objetos, imágenes y personalidad. La moda, en sus manos, es una forma de explicar quiénes somos antes incluso de pronunciar una palabra.
Ilustración de Manuel Santelices